Qué cosa amar en la ausencia
 

Ojalá fuera el olor del aire
e infinitas alas me volaran,
que el aroma me naufragara
a lugares tuyos donde nadie
vió que tu cuerpo cobijara,
y yo, intacto aún y enorme,
en un cuarto de fuego entonces
masculinamente los habitara.

Ah, qué cosa amar en la ausencia,
llevar luto de amor hasta el cuello,
saber que ese amor que sueñas
son costuras desliadas de viento
que en otras ventanas culminan;
pero desnudo a cada momento
lo haces tuyo, inventas su recuerdo
y sobre esa falacia pones la vida.

Ojalá fuera calor en tus huesos,
y entre tus huesos mi palabra,
fuera inexorable en una playa
de razones leves al sentimiento
que a nada sometiera hablarlas,
ola cuya muerte al baldío deja,
orilla de muerte, humo en su vereda;
ojalá aprendiera a llorar tu lágrima.

No soy yo quien riega la costumbre
que la flor necesita ser regada,
amor de sol torcido que te funde
pero llevas su peso en la espalda
y en un cuarto llama sus desvaríos
que tiene por nombre dos aguas,
ah, qué cosa amar en la distancia;
así te amo, así amor, así te ansío.

Ojalá fuera sin ser estar siendo
algo íntimo que tú necesitaras,
algo que yace y adviene, el agua
en la frontera de mirar a ir viendo,
que eres por dos flor y alborada,
que tu belleza es un mar en guerra
y que se compara -digo tu belleza-
a las cosas del mundo que callan.

De otra forma no sabré si existo.
Amo así aún y quiero liberarme
de sus enlutadas costuras abolido;
tu aire es de otro, no debo amarte
aunque amarte es lo que conozco;
hablo de ti con el muelle hermano,
de tu palidez cuando mis manos
inventadas rozan hablar de tus ojos

que son dos oscuros minerales,
dos resplandores de ecos bellísimos,
que el sol en tu pelo dora preciosidades;
si no amo así cómo supondré que vivo;
pero qué cosa amar en la ausencia
como una historia que nadie conoce
aunque el amor no llegue al roce
y cada día gravedad de una tragedia.

Ojalá fuera el vaso en la mesita
que te vence, te tumba y empapa,
junco que quiso nacerse caña
y vivir en su tallo margarita,
ojalá sí, ojala no, sí pero blanca
¿quién, a los pétalos finísimos,
pone su vida entera al juicio?
yo, y sin importarme que hablaran,

recorrería de tus pasillos al patio
con ese cosquilleo del amor primero
y entre el naranjo y el limonero
en el día darle a tu cuerpo paso;
todo penetra el aire sin secretos
y tú tan tú acaso me rechazaras,
y yo tan yo, quizás me gustara
y decirte, amor, ojalá fuera viento.

Ah, qué cosa amar en la ausencia.